Cuando no habían satélites…

Cuando no habían satélites...

Ya habían mapas. los grandes exploradores y principalmente los navegantes, complementaban las observaciones que hacían en rutas no establecidas con los conocimientos de una persona sumamente importante dentro de la tripulación de estas naves, esta persona era el cartógrafo, que aplicaba su destreza y conocimientos para orientarse, para realizar un mapa en una superficie plana, la cartografía surgió en la época helenística, con métodos científicos y matemáticos; decayó en la alta edad media; con el auge de la navegación volvió a resurgir. Fueron los árabes los que usaron de nuevo los métodos científicos, a los que se les unió el descubrimiento de la brújula y conocimientos de origen astronómico. Los antiguos navegantes y/o viajeros transcontinentales se guiaban por la exacta posición de las estrellas haciendo una triangulación obtenida primero por el ASTROLABIO (buscador de estrellas ) inventado posiblemente por PTOLOMEO.
Después usaban el sextante (de 60 que son los grados en los que dividen un segmento del circulo). también usaba como referencia las grandes montañas, selvas, formas notables de las playas etc. en cualquier planetario u observatorio te pueden guiar o enseñar el uso del sextante, que no necesitan pilas🙂

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Mis hermanos-

A mi hermano Cheo. al cual yo amaba.

Yo, como muchas familias del interior, tengo algo especial, muchos hermanos: pero hoy les presento a mis dos hermanos varones: Cheo y Danilo. Cheo es un genio frustrado, como la mayoría de los genios, que sofocó en alcohol su sabiduría, y Danilo es artista. Artista naif, pero artista: saca vestales de tallos retorcidos, y aquellos cuadros de cisnes en el pantano sembrado de malangas flotantes, que casi todos teníamos en casa, hechos en serie a pistolas de mano, Danilo los sabe hacer con sus pinceles, que él fabrica con los cabellos de sus múltiples hermanas. Hechas ya las presentaciones, diré además que ellos, como la mayoría de los muchachos de su época, también combatieron en África: Congo, Angola y Etiopía, a manera de aclaración, y en honor a la verdad, tengo que decir que Cheo adoraba aquellas misiones, hacia observaciones nocturnas del movimiento de los astros, estudiaba con precisión matemática el acimut de su tanque, pero lo que realmente le gustaba era transgredir las normas de higiene. Danilo llenaba su mochila de minúsculas estatuas hechas con huesos, piedras y maderas preciosas.

Ambos fueron, son y supongo que continuaran siendo alcohólicos. Han sobrevivido muchas curas, hospitales psiquiátricos y cápsulas de disulfiran inseridas en el ombligo, y siempre han reincidido.

Un día Cheo se despertó como la mayoría de sus días com una enorme resaca, y salio calle afuera a ganarse el día. Cuando pasó por la calle de los Sigler, que eran cuentapropistas y vendían alimentos elaborados, constató con alegría que ese día, por alguna razón especial, habían algunas personas en el portal (creo que debo mencionar el hecho de los Sigler siempre andaban siendo hostigados por ser activistas de la Opción Alternativa) bueno, en realidad era una especie de actividad por los Derechos Humanos en que ofrecían caldosa. Y Cheo se puso los guantes: maná del desierto. No tomo una, sino tres caldosas, recostado a la columna de la baranda, pues ya su metabolismo no asimilaba tan eficientemente como otrora la ingestión de alcohol. Cuando acabó, siguió su camino.

También creo que no debo dejar pasar por alto un detalle: somos muchísimos hermanos, pero tenemos algo en común: los ojos mas grande que la media habitual, una delgadez a prueba de excesos de calorías y el pelo precozmente canoso.
El mismo día de la bendita caldosa, Danilo salio para su trabajo: Zarrapastroso, según su denominación. Trabajaba en Comunales. Comunales esta relacionado com los muertos, la basura y la limpieza de calles. Hoy Danilo se levanta temprano, agarra su cubo de lata com cal y agua, su brocha, y se dispone a pintar la estatua de nuestro mártir local por la independencia. Brochea com habilidad, como el artista que presume ser. Cuando llega a la parte de los oídos y los ojos, toma del fondo del cubo la mezcla de cal más espesa, la lanza enérgicamente hasta cubrir convenientemente los vericuetos mas profundos de la estatua y luego continúa, primorosamente, com su brocha a repartir y embadurnar de manera a llegar a la perfección. Demora un poco, observando su obra, ebrio de satisfacción artística, sale del parque com su escalera y su cubo en la mano.

Al otro día, de nuevo, regresa Cheo al mismo portal a verificar si se repite el milagro de la caldosa. Triste y apesadumbrado, regresa a casa. Paralelamente, Danilo tiene una sorpresa, su jefe le comunica que ya no trabajará mas, no puede decir los motivos: pero como son amigos de la infancia, le da un norte: Existen fotografías que denuncian que es activista del grupo de los “Derechos Humanos” y más…. Existen testigos oculares de que gozaba y disfrutaba mucho mientras “profanaba” con cal los oídos la estatua de nuestro mártir local.

Mi hermano, acostumbrado a ser discriminado por alcohólico, no protesta, sino se junta a Cheo: ahora son dos borrachos desempleados y felices, sentados como muchos otros en el contén de la acera, donde cuentan sus proezas en África y se sirven de mutuo apoyo para poder regresar a casa.borracho1

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Cambio de Vida

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__Mira muchacha no juegues con la suerte__le advierte su mamá a Mercedes, recién venida del mas allá. Sí, del más allá, que Mercedes se murió y volvió a vivir.
Mercedes se pasa con parsimonia la mano por su pierna delgada y negra, brillosa, con el fin de no mirar a su mamá de frente. Mercedes evita mirar frontalmente, por que en su tráfico del más allá hasta su nueva vida, sufrió un trombo embolismo en el ojo que le provocó una bizquera pavorosa y alarmante: casi no se le ve la parte oscura del ojo. La madre repite a los vecinos dos cosas: Tuvo que parir dos veces a Mercedes, y en el segundo parto, no pudo traerle el ojo de vuelta.
Por eso Mercedes baja la cabeza, para no encarar a la madre, avergonzada con su ojo desviado y blanco y le dice bajito y amenazadora, mientras se restriega la pierna:
__Me tienes ostiná….
Mercedes salió del hospital hace tres días y no quiere hablar.
__Tenias que dejarme morirme… mira ahora este ojo….si ya yo andaba aburría ahora peor….
__No abuses de tu suerte___repite la mamá de Mercedes, temerosa de un tercer intento suicida.
Mercedes vendía medicamentos, le iba bien. Su marido conseguía las medicinas en la enfermería de la prisión, y de pronto Mercedes, por segunda vez en su vida, se tomó, en un cañangaso de aguardiente, una docena de antinflamatorios y aspirinas:
__Se le aguó la sangre__explicaba la mama con pericia de clínico.
El médico salía con la habitual cara preocupada, y repetía, días tras días:
__Mientras hay vida hay esperanzas.
__Ay, mi hija! Se lamentaba su mamá: Tan bonita, mi hija, tan trabajadora!__continuaba , atolondrada, (su hija ni era bonita, ni trabajadora), cuando tuvo la idea. La idea llegó con la lucidez que provoca la exasperación.
La abuela de Mercedes, su suegra, ya había muerto. Dejó en su cuarto, a su cuidado, sus santos, bien acomodados en la esquina y distribuidos con sabiduría: El San Lázaro, con la mirada baja, la nariz erosionada por el roce y las caídas. La Santa Bárbara en una estampita maltrecha y cagada de moscas, un crucifijo que estuvo sumergido en agua y ahora estaba en un vaso marcado por estratos de calcio, un calderito con clavos de línea, piedras lavadas por un río lejano del pueblo, platos y vasos vacíos, una jícara con el fondo de fósiles de hormigas e insectos en la miel cristalizada y rancia: un arsenal místico abandonado que había que recuperar.

La madre de Mercedes, con la determinación que solo da la convicción, se dispuso a recobrarlo todo y para eso, lavó el rincón, le dio una camada de cal que disimulaba costosamente la pared sucia, rompió una sayuela y coció a mano una cortinita discreta, y posa sobre la mesita, al fin, dos velas nuevas, los vasos ahora lustrosos, merenguitos duros, una calabaza, un tabaco, aguardiente y con devoción declara:

__Tengo que hacer un cambio de vida a mi hija.
Y allá va eso. Cuando Mercedes se suicidó por primera vez, salió del coma una semana después, pero ya quince días es demasiado tiempo. El médico le explicó el procedimiento de la vida artificial de su hija, conectada a tubos, mangueras y aparatos de fluidos vitales.
Regresó a casa apesadumbrada, y preparó el envoltorio con la fórmula de la nueva vida.
Bien apertrechada llevó su carga fatídica a la esquina del hospital: consistía en un saco donde se mezclaban en promiscuidad una gallina muerta, unos gajos de efectos garantizados y un rezo apurado pero bien aprendido destinado a que si la vida de la gallina no era bastante, el primero que pasara por aquella esquina, dejara su vida desprendida para ser transferida a Mercedes. Cuando la mamá salió, disimulada y de prisa, alcanzó con su mirada la imagen de un viejo que se apresuraba a la cafetería del hospital para tomar la última colada de la noche:
__Pobre desgraciado….__se apiadaba del viejo que probablemente daría su vida para salvarle a la hija y dando la vuelta para la entrada del hospital, temía por verificar los resultados. Era hora de visita y el médico de terapia daba noticias, entonces, le dijo a la madre de Mercedes:
__Y sobre su hija, nada nuevo, todo igual…
__Por ahora doctor__dijo la mamá, por primera vez, convicta__mientras hay vida hay esperanzas….no?
El médico dijo que sí con semblante apenado.

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Al otro día, Mercedes abrió los ojos. Parecía mas una convulsión que un renacimiento, por el globo del ojo derecho que obstinado rotaba y escondía el iris, y el estremecimiento cataléptico del cuerpo. Una barahúnda de enfermeras y médicos le indican a la mamá que se maniobró el milagro esperado y el alivio la inundó, y quiso verla, tal y como el día en que la había parido.
Fue conducida hasta su hija, cuya respiración agitada indicaba que estaba viva, y sus ojos abiertos recuperaban un brillo repentino.
__Pobre hombre__fue la única frase, incomprensible, que la madre logro balbucear.
Ahora dos días después de la salida de Mercedes del hospital, la madre quiere un segundo milagro, y no sabe como traer el ojo intacto del más allá.
Acostumbrada como estaba a la magia diaria de mantenerse ella, su hija y sus nietos, la mamá de Mercedes no se amilana, entonces innovó un segundo saco con todas las características del anterior, compró una cabeza de puerco, extirpó con destreza de oftalmólogo el ojo derecho, lo juntó al saco nefasto y lo depositó ya de noche en las cuatro esquinas.
Cuando Mercedes se levantó, fue directo a la cocina atraída por el olor a comida. Su estrabismo había desaparecido, y allí estaba su mamá, cantando una canción y preparando una caldosa para celebrar el regreso del ojo de su hija Mercedes. En el fondo del enorme caldero, la cabeza del puerco asistía al milagro con su ojo tuerto.

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Bar Manila, ultimo que cierra

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-Lazarita tiene puntería!__ adula el borracho observando a Lazarita lanzar el peso macho hacia la gaveta semiabierta de la cómoda.

_Lazarita es una bárbara__rectifica ella mientras sirve el traguito en la lata recortada de cerveza Cristal, donde ahora solo se lee: Cris.

_Arriba caballeros! __anima Lazarita el local, recitando el título modificado de una vieja película:

_Bar Manila, el ultimo que cierra!

_Es más….que no cierra nunca! Que no tengo puerta! jajajajaja_ríe divertida.

El bar Manila es una casa, es decir, una sala frigorífica modificada. Tiene techo doble, paredes dobles. En el techo, viven los murciélagos del pueblo, abajo, Lazarita. Su marido Manila, en realidad, es de apellido Molinet, los jodedores del barrio hicieron una transformación de su nombre hasta lo que es hoy: la capital filipina. Manila es mulato, ropa raida. Y Lazarita, para compensar, es negra, astuta y zalamera. Ambos coinciden en su gusto por la guafarina, que venden a los borrachos del barrio. La casa no tiene puertas ni ventanas, lleva planchas de poli espuma para protegerse de la lluvia. El negocio podía marchar bien, pero Lazarita y Manila, beben las ganancias. Tienen tres hijos y el más pequeño heredó la distracción del padre. Mira fijamente, con la boca abierta a un punto indefinido de la casa. Lazarita le grita:

_Espabílate!_ para sacarlo de su sopor. El pequeño Manilita reacciona siempre riendo.

Esa casa fue el auxilio que les dio el gobierno al considerarlos un grave caso social, cuando la policía los encontró durmiendo amontonados, con olor a manigua y alcohol en la laguna de Goyo, ahora desecada, en una casa improvisada por Manila cuando embarazó por primera vez a Lazarita:

_Dios mío, esto es el Vedado!_se admira cuando ve el cajón de cemento largo y estrecho que será ahora su casa.

_Por lo menos no se moja…._dice, feliz.

Los jimaguas del central le traspasan la guafa de vender. La fabrican con miel de purga en un alambique artesanal hecho con un tanque de 55 galones, machucado y ennegrecido. Es ilegal, y fueron presos cuando un día, el alambique con la válvula tupida, explotó y formó tal revuelo que la alarma del techo del comité militar comenzó a avisar su toque de evacuación urgente y salieron las maestras de la escuela Juan Gualberto con sus niños excitados a estrenar el refugio abandonado por el desuso, ahora devenido nauseabundo baño público y sala de sexo rápido. No solo. Manila se quedó una semana afligido, sin negocio, y los borrachos merodeaban el barrio con congoja de almas en pena.

Con la grabadora pequeña y el grupo Mojados sonando, Lazarita coquetea con sus clientes: Se tapa la boca para reír, lo que le da un aire pícaro, por tener los dientes cariados:

_Se me partieron comiendo chicharrón__dice Lazarita con orgullo, sabe que comer chicharrón es un lujo pequeño-burgués.

Están:

Maraña que la mira a distancia, mientras con una navaja talla las letras de un cartel que dice: “Bar Manila”, Leoncito que no se pierde un movimiento de los pasos de la mujer, que va arrastrando los tenis con el talón aplastado y va tropezando con cajas, zapatos y latas en el piso, está Cuquito, limpio y pulcro, amigo de Manila desde pequeño, disimulando la desidia con un bostezo.

Ya todos se han dado cuenta de la mirada libidinosa de Leoncito, menos Manila. Últimamente Lazarita anda muy preocupada con su aspecto y esta usando ahora ajustadores, y una cinta de un kimono de judo, le amarra el pelo rebelde y duro.

Leoncito esta encantado: el propio a empezado a aparecer bañado, en horarios poco usuales, y las ventanas de la casa, ahora están todas tapadas. Los muchachos del barrio están radiantes, saben que antes de las cuatro, pueden fisgonear y siempre verán algo interesante, Lazarita, con su risa estridente sentada sobre Leoncito, o viceversa.

El ron artesanal aparece de nuevo: los jimaguas del central montaron el negocio en el patio de un vecino, y vuelve la vida al bar de Manila, se abren las ventanas de poli espuma y suenan más alto el grupo Mojados como un himno a la enajenación.

Leoncito no tiene control: ya mete la mano por debajo de la saya de Lazarita, delante de los hijos, cuando el marido da la espalda y presintiendo la catástrofe, los amigos de cada tarde se van dispersando: “esto se va a joder”, comentan.

_Papi, ve haciendo el arroz…. Le dice Lazarita a Manila, que anda con los ojos turbios de alcohol, y del humo de la leña del fogón.

Ella se queda en la sala, y Leoncito le levanta la blusa: los pechos sudorosos se asoman al aire, y Leoncito enloquece, desesperado, empuja a Lazarita para el bulto de ropa sucia que lleva semanas en un rinconcito de la sala y ella, determinada, abre las piernas: no tiene ropa interior, su genital es oscuro, como ella, enmarañado, pero como un semáforo, al final, esta la luz roja, brillosa de secreciones, esperando por Leoncito que, en un gesto casi automático, desabrocha la portañuela y guiado por la señal húmeda, o por el olor rudo que Lazarita emite, prevaleciendo entre el resto de los hedores, se pone a observar, no se quiere perder nada de la negra que lo tiene loco hace tanto tiempo, pero ella, mas precavida, lo agarro por las nalgas con los pies descalzos y lo atrajo hacia ella, en un gesto de urgencia que lo dejaba sin respiración. Lazarita sabe que Manila puede asomarse en cualquier momento, o un muchacho, por eso, no quiere desperdiciar ni un centímetro de Leoncito y por eso sus movimientos de cintura no son adelante a atrás, sino giratorios, apurados, y en cuestión de segundos, Leoncito saca el miembro húmedo y lo guarda con sigilo:

_Negrona, eres una concretera….__suspira…

En ese momento, en que Lazarita se levanta abruptamente del bulto de ropa, y se baja la saya, una desbandada de muchachos que espiaban por la ventana, salen asustados y palpitantes, para el parquecito infantil, a comentar lo que vieron.

Lazarita no esta preocupada, un hilo de semen deja un surquito marcado por sus piernas cenicientas y Leoncito se moja los labios para ratificarle:

_Esto no se queda así…__le advierte Leonsito buscando una segunda oportunidad

_Seguro!_ grita Lazarita y aparece Manila en la puerta:

_Oye el arroz está: es namás cortarle ajo porro por arriba….

Continúa la bebedera, las laticas verdes están por todos lados, y a Maraña se le ocurre una idea…..

_Vamos a escribir una carta a Fidel, miren esta casa…aquí no hay quien esté….ustedes necesitan una casa mejor!

_Nosotros llevamos la carta! se presta Leoncito, presintiendo la gozadera con Lazarita en La Poma.

Por eso, hoy Lazara se va para La Habana. Está determinada y no oye consejos de los vecinos:

_Me llevo al Manilita, tengo que hablar con Fidel. Aunque me le tenga que tirar alante de su carro. Me dijeron que es un Shaica._ en este punto, Lazarita sonríe, mano mediante, orgullosa de estar tan bien informada.

_Me voy en la guagua de la madrugada y cuando Fidel vaya para su trabajo, en plaza de la Revolución, me pongo a gritar hasta que me atiendan, pero me tienen que resolver este problema, que los descaraos de este municipio no hacen nada.

Lazarita tiene una jaba con un pomo de leche acuosa dentro, un culero desflecado y un shorsito de camuflaje para el Manilita.

Le gusta la sensación de ser protagonista de algo en su vida, con los borrachos a su alrededor, como un peregrino que se despide hacia la Meca. Los borrachos que van llegando quieren hacerla entrar en razón:

_Lacy , Fidel trabaja mucho y no tiene tiempo para atenderte_ le dice Cuquito.

_El trabaja pero me va a tener que oír_ insiste.

_Los guardaespaldas ni te dejan estar por allí cerca, Lacy_ trata de hacerla razonar el propio Manila, con el tono de voz tímido que tiene frente a su mujer.

_Doy el escándalo y entrego este papelito para que se lo den a Fidel, si veo que no le puedo hablar_ parece que esta todo planificado, al detalle.

Mientras Lazarita se dispone a leer sus reclamaciones, ya bien redactadas por Maraña, entra Villalobos, borracho, y pone atención al discurso, sin saber de que se trata.

Lazarita saca un papel de su jaba, guardado dentro de un maltrecho carné de identidad. Fue escrito por Maraña, con un lápiz de punta roma, y dice:

“Compañero Fidel Castro

Esta casa tiene un solo cuarto no tiene puertas y bentanas y no tiene agua la llabe, la tasa esta partida y cuando lluebe se inunda la gente de la electricida me puso una multa por la tendedera que puse para tener electricida y estoy cocinando con tablas que los muchachos recogen por aí no tiene ni cosina ni patio queda en la calle 16 número 2712 Interior…”

Villalobos, miembro especial de la casa, obnubilado por desorientación etílica y con raciocinio lento, tratando de asimilar las últimas noticias, mira a su alrededor para saber si entendió bien todo y con los ojos agrandados de estupor e incredulidad, y voz gangosa, avanza hacia la reunión:

_Caballeros ahora sí que se jodió el bar. Lazarita, abusadora, tu no nos puede hacer esa mierda, Lacyyyy, dime que es mentira que vas a permutar con Fidel….ENTONCES QUIEN NOS VA A VENDER LA GUAFA????

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HUMO

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Allá, en Colón, en Jovellanos, en los Arabos,cienaga…. fluye la vida igualitico que en la habana. ambien hay carnavales, pergas pipas machetazos traiciones amores imposibles, presidios delincuentes tamales rasco rasco dirigentes sindicales, perros sarna represas biajacas bajas pasiones gente honesta costureras y filosofos, mecanografos, croquetas, tesis ….es bueno recordar esto, por que la gente se toma muy en serio que en la habana esta concentrado todo lo bueno y lo malo….y de eso hay en todos lados.Decía, por que en Colon hay un poblado llamado Banaguises anonimo rural, escondido….donde hierve la vida como en un pantano con mazamorra, y de alla era una tal señora de la cual no menciono nombre, profesional del sexo puta en otras palabras, cuya habilidad circence consistia en nada menos que peinar su luengo monte de venus….una rayita al medio como una aspirina, y colocaba con charme un cigarro popular encendido entre labio y labio. Absorvía, disfrutaba uterinamente su nicotina y exhalaba una bocanada de humo….bueno, bocanada esta mal dicho, era una cricanada de humo. Esto lo hacía habitualmente dentro de su público masculino, que venia de lejos a conocer la habilidosa papaya dependiente del cigarro, que tremía de ansiedad con una auténtica crisis de abstinencia cuando le faltaba su vicio. Tan natural como todos los vicios. La señora cobraba 10 pesos por el show y venían espectadores de todos lados y la carpa imaginaria se armaba en cualquier sitio, preferentemente en la parta de atras del carro de los curiosos. A veces se juntaba mas gente que en las peleas de gallos y habia algun empresario emprendedor que armaba el garito de vender frituras de chicharo. Como estoy escribiendo esto en mi trabajo, y soy interrumpida a cada rato, quizas se me salte algun detalle importante. Lo que no me voy a olvidar, con certeza, es del padre de la señora que fumaba con la vagina, Arsenio, acostumbraba, con orgullo a declarar, que su hija mayor era la mas seria de todas: iba de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Es decir, no participaba de los placeres mundanos de las fiestas en la plaza, las bebederas publicas, bailes, broncas y despelotes. Lo que se dice una hija ejemplar. Y no digo yo si lo era.😉

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Mujer con sombrero

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Repite el drama diario de sus sandalias descosidas, el hilo sacado del saco vacío de papas, la aguja oxidada y la costura amarillenta disimulada con tizne del caldero. Agarra la pequeña mochila y sale a la lucha. La lucha. Cuando llega a la playa, saca de la mochila el vestido blanco pequeño y el sombrerito de parecer extranjera. Queda la mochila encogida, sin el disfraz, sólo con una cajita de tabacos para vender. Ahora vestida así, no hay quien la descubra. Por eso continúa, va para los hoteles mas caros que tienen clientes mas ricos y como si de extranjera se tratara, se recuesta en una tumbona. Cuando propone su cajita de tabaco, los turistas descubren que es cubana. Recuerda siempre su primer día. Era lluvia y todos los extranjeros andaban en las tiendas de Plaza América esperando una salida repentina de sol. Por que Cuba es así, lluvia inesperada, sol total, huracán, arco iris en el horizonte.

Era un inglés y no quería tabacos, decía, gesticulaba, insistía. Hacía guiños maliciosos y ella había comprendido desde el principio, pero dudaba. No por el sexo. El sexo es como bailar, como compartir un secreto, a veces ni eso es. Era por el peligro de ser cogida, con tabaco y jineteando: pero un billete de 100 euros la saco de dudas.

El inglés mostraba su billete como quien seduce un niño con un caramelo. Rápida, agarro su mochilita, enterró en sombrero hasta casi tapar los ojos y entró, ciega de inquietud y miedo por el lobby del hotel, lugar sagrado. Era un lugar lindo. Tenía plantas enredadas en el jardín central que subían hasta el piso más alto. La habitación la recuerda, bien decorada, bonita, limpia y olorosa. El mejor lugar en que había estado hasta ese momento de su vida. El señor inglés se presentaba:

_Yo, Sam_ orgulloso de su español.

Ella creyó pertinente no presentarse. Manos a la obra.

Probó la cama, elástica y suave y allí se sentó el señor, a mirarla, a recorrerla con sus manos delicadas de relojero. Que raro: La peinaba, le cotejaba el pelo duro del detergente, y sonreía. Luego bajo el tirante del bikini también algunas veces cosido a mano, y miró con sorpresa de actor que no sabe que debajo de un ajustador, hay casi siempre un par de tetas. Entonces, se apodero de ellas con premura de adolescente, a morderlas suavemente. Le era vergonzosa la sensación de ver sus pezones erguirse y endurecerse, pero era tan agradable que deseaba que no acabara. Fue inesperado cuando subió a la boca y comenzó a besarla como si la conociera de toda su vida, como si la estuviera esperando, como si ella fuera la última mujer que quedaba en aquella isla.

Se ha perdido esa bella locura, su breve cintura debajo de mí……….

Entonces, fue que ella sintió una especie de empatía, de ternura, una sensación de ser algo importante, que no quiso disimular, y comenzó ella a quitarle el short aquel con la banderita británica para encontrar el sexo turgente y fue ella, también, quien quiso bajar hasta la cintura, cubrir hasta la mitad de su sexo con la boca, jugar con él como si se tratara del caramelo prometido. Cuando notó que para él era casi insoportable, ella se quitó la parte inferior de su bikini, y voluntariamente no quiso recordar la regla del preservativo. Ella sabe que hay hombres con los que no necesita lubricantes, y este es uno. Huele tan bien a crema de coco, tiene una piel tan falta de sol que quisiera protegerlo y para no perder el camino, conduce su mano hasta el pene y lo lleva hasta ella, lo humedece, lo introduce. Una mordida en los labios le indica que tiene poco tiempo, por eso es tan intensa, tan voraz, que el hombre queda soldado a ella en un abrazo que se va desmoreciendo a cada segundo que pasa y luego se distiende aliviado……..hasta decirle:

_Te amo_ con aquel acento raro que la obliga a estallar en una carcajada que lo deja con ojos absortos de pensar.

Se ha perdido mi forma de amar, se ha perdido mi huella en su mar……

El hombre queda en silencio cuando ella comprende la longitud de su atrevimiento por hacer sexo sin preservativos con un desconocido y corre al baño, y sin cerrar la puerta orina, se lava con agua caliente y siendo todavía poco el castigo por la imprudencia, bajo la mirada del hombre, que se asomó a continuar observándola, comenzó a luchar por introducirse un chorro con un spray desodorante que vio en el lavamanos. El hombre comprendió su angustia y trató de tranquilizarla, toda ella ardía por dentro y ahora volvió a usar agua para lavarse.

Afuera, el tiempo lluvioso………….

Veo una luz que vacila, y promete dejarnos a oscuras, veo un perro ladrando a la luna con otra figura que recuerda a mí.

De nuevo ella, el hombre, la cama. Y de nuevo, más íntimo y personal, comienza el ritual de hacer el amor con olor a Dolce y Gabbana. Ahora es el hombre que comienza abriéndole las piernas y aliviando con la lengua, como preocupado con el perfume que sabe que la continuará lastimando. Sondea con la lengua hasta más allá del infinito hasta arquearla en un gesto de abandono.

Veo mas veo que no me halló, veo más veo que se perdió………

Entonces sin que mediara palabra el hombre se acostó junto a ella y se durmieron, en lo que parecía un pequeño descanso de 3 horas.

El hombre ahora quiere saber su nombre y le da una hojita con la viñeta del hotel y ella apunta su nombre, con la letra mas bonita que logro diseñar.

El inglés lee y deletrea. Y aprende con ella a darle la entonación adecuada.

La lleva cogida por la mano hasta su escaparate y escoge allí un pulóver blanquísimo y se lo pone a ella, como si fuera una muñeca que anda disfrazando. Se ríe del efecto sobre el cuerpo delgado de la chica, le da el dinero prometido que ella guarda en su mochilita, con euforia disimulada. La coge de la mano y la lleva con él hasta la planta baja del hotel, entran juntos al restaurante y, cuando descubrió en los ojos de la muchacha la angustia reflejada, levanta la mano con gesto de juramento y declara:

_No problem.

La cobardía es asunto de los hombres no de los amantes, los amores cobardes no llegan ni amores ni a historias se quedan ahí. Ni el recuerdo los puede guardar. NI el mejor orador conjugar.

Bien, como he de describir el hambre la chica? Es una mezcla extraña de ansiedad de comida, unida a una escasa capacidad estomacal. Es una espina de hielo con la que se acostumbro a andar y ya ni duele. Aquella necesidad felina, la hace evitar los preámbulos del pan con mantequilla, y a directo al plato fuerte: Carne………:cuando había comido carne por última vez? Bien, de res, hace muchos años antes, de puerco hace 3 semanas exactamente, un pedacito de tocino que puso en los frijoles y luego compartió entre los comensales. Y ahí esta ella ahora, dueña casi absoluta de todo lo que está sobre la mesa, aunque sabe que no le cabe casi nada en el estómago. Se dispone a matar el hambre aunque sabe que el hambre no se mata, si no se posterga, mañana volverá a ser hambre y habrá que volver a buscar la manera de postergarla hasta pasado mañana. Comía y la rabia y la frustración comenzó asomársele en los ojos en forma de lágrima. Al tercer bocado estaba abrumadoramente llena, hastiada, aunque continuaba con hambre.

El inglés en cambio tiene modales estupendos. Come despacio, bebe vino, usa la servilleta antes de beber en la copa. Se demora. No es como ella que la avidez la obliga casi inconscientemente a comer rápido.

Ahora, ligeramente mareada con la comida, ella lo toma del brazo y salen andando. Miran la playa revuelta desde la terraza del hotel y escuchan a lo lejos una música imprecisa, y cuando cambia la dirección del viento, identifica a Compay Segundo. Entonces le levanta la mano del señor ingles, busca bajo la manga su reloj lustroso de pulsera y sonríe con pena……acabó: se tiene que ir.

Una mujer innombrable, huye como una gaviota, y yo rápido seco mis botas, blasfemo una nota y apago el reloj. Que me tenga cuidado el amor. Que le puedo cantar su canción.

El hombre comprende y la abraza. Se abrazan por un par de minutos y ella sale arrastrando sus sandalias con pesar. El la sigue un poco y la acompaña, da la sensación de que le cuesta perderla. Sin decir nada le alquila un taxi, mientras ella solo quiere perderse de vista para bajarse del taxi y recuperar “su” dinero, el ingles se queda allí parado, mirando como el taxista le lleva a la mujer del sombrero………

Una mujer con sombrero, como un cuadro del viejo Chagall, corrompiéndose al centro del miedo y yo, que no soy bueno me puse a llorar. Pero entonces lloraba por mí.

Y ahora lloro por verla morir.

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Dios te salve, Cecilia.

cecilia

La mula orinaba ruidosamente en el pajar, justo abajo del cuarto donde los muchachos dormían,  casi sin poderse mover, aprisionados por el peso de las  colchas. Luego comenzaban las 4 ovejas, todos machos, en simultáneo o aisladamente, y un vapor cálido y amoniacal inundaba el cuarto, colándose por las rendijas del piso, hechas de propósito para beneficiarse  del calor nauseabundo que los animales destilaban. Cualquier manera de aprovechar las fuentes de calor era utilizada minuciosamente, por eso la madre se levantaba, encendía la leña que desmorecía desde la noche anterior en la chimenea de piedra y mientras aventaba los pedacitos de carbón que restaban de la hoguera, soplando con el delantal negro que nunca se quitaba, despertaba a la hija mayor primero, y a los otros después, para que fueran perdiendo la pereza dada por la cama. El frío era casi insoportable, se metía pertinaz por las rendijas del techo, de las puertas yventanas tristes y desvencijadas,  pero la madre sabe que si los deja permanecer más tiempo debajo de las colchas, serán seguramente jóvenes holgazanes, y eso es un lujo que no se pueden permitir. La hija mayor se levanta, llena la calderita de hierro, tiznada con el agua de la botija, y la coloca, todavía soñolienta, sobre el humo revigorizado de la chimenea. La madre tiene un rictus permanente de aflicción en los labios. Realmente, no tiene labios, sólo el gesto de amargura. Esta sentada, junto a la hija, pero la deja hacer todo y los más jóvenes, como un imán, rodean el precario calor de la hoguera, bostezando, se sientan con las manos abrazando las rodillas delgadas y pálidas: están allí todos, solo falta el padre, que fue levantado antes para ir al campo, y prepara la mula más vieja. El hermano Zé llevará hoy las ovejas a pastar: Le gusta llevar las ovejas, pues es la única oportunidad de dormir sin ser severamente amonestado por ser perezoso, que es de las peores acusaciones que la madre puede hacer.

Ahora que el agua esta más caliente, la madre, austera, deposita en ella con una cuchara un poco de caféen polvo. Subida sobre una silla, alcanza un paquete de papel que contiene azúcar, el cual coloca siempre fuera del alcance de los hijos, y también retira una cucharada de azúcar. Todo alto, en una despensa de madera que cobija unos pocos platos y vasos de aluminio. La mezcla esta hecha: alcanza un tenue color ámbar, y es repartida entre todos, por la hermana mayor, los muchachos huelen, tratan de conformarse con el sabor adulzado que debía tener y no tiene, nunca tuvo. Entonces el calor de la bebida los va avivando, ya se incorporan se ponen los zapatos con suela de madera, y se preparan para rezar el rosario. La madre reza con absoluta dedicación, casi con frenesí, besa fervorosamente la medallita con la imagen de la santa y despacha a cada uno para sus tareas: Filomena, la mayor, irá y llevará a los hermanos a la escuela, por eso los ayuda a peinar y arregla, sus ropas, de vuelta, continuara trabajando dentro de la casa aunque solo tiene 9 años. La madre ya no está. Salió. Va siempre temprano para casa de la hermana todavía solterona, que alarga su oración hasta que esta llegue, un modo sutil de demostrar su devoción irreducible. Las dos salen juntas para la iglesia, a oír la misa. En casa, atareada, queda Filomena tratando de lavar con aquella agua helada los utensilios que usó durante el desayuno. Bajó, recogió dos huevos, hizo dos marquitas en la puerta del corral de los animales, por que es la manera que tiene de contabilizar los huevos que serán vendidos en el próximo mercado. Desde el lunes, ya tienen quince. Ha sido una semana realmente productiva.

Concepción debía ser la próxima de la lista, pero por vivir con los abuelos primero, y una tía después, es casi un fantasma, un nombre que nunca se menciona. El otro hermano es Abel. Es inquieto, lo cual irrita a todos. La madre dictamina que ese exceso de energía podía ser controlado llevándolo a misa, con asiduidad, pero a la hora de la misa, el muchachito, Abel, esta en la escuela, o en el campo, si fuera fin de semana: Quien no trabaja no come, acrecienta la madre. Entonces, la madre abandona el recinto sagrado y visita a la vecina que tiene al hijo, de la edad de su Abel, con parálisis infantil. El niño descansa con ojeras azules bajo muchas colchas, la madre, angustiada, no lo abandona, lo acaricia y ampara, lo mima con las manos, con los ojos, con las palabras….Cuando ella llega, da una idea sobre la mejor manera de curar esa enfermedad: cortarle las uñas al niño y elaborar con harina un dulcecito, que el pequeño comerá. Después darle a oler plumas de codorniz quemada. El tratamiento no es dispendioso, pero tampoco siempre es efectivo. Sólo con la ayuda de nuestra Señora…dice, para irse andando, siempre con prisa, mientras comenta con insidia que el desastre podía ser evitado si el padre del muchacho fuera mas devoto en lugar de andar siempre bebiendo. Ahora va ver la carta que Dona Luz recibió de Francia, supuestamente del hijo, que salio de casa 12 años antes, todavía adolescente. Antes del horario de almuerzo, en que el marido llegaría cansado y con hambre, tenía un tiempito de conversar con su hermana, que después de la misa, se quedaba siempre a su lado haciendo estos recorridos. Entraron en casa, la madre y la hermana, transidas de frío, era ya medio día y ya estaban allí todos, esperando por ella, los ojos angustiados de hambre fijos en la hoguera. El padre con su navaja, cortando con cuidado los callos de las manos, Zé, rumiando un palito de centeno que traía en la boca, Abel, con un alambre, escribiendo alguna cosa en la ceniza dispersa en el suelo, Filomena frente al calderito de agua hirviente, esperando una idea de cocinar algo y los gemelos, todavía pequeños para comprender que la demora cada vez mas usual de la madre les perjudicaría el horario de almuerzo. La madre rezongando, (siempre rezongaba delante de los calderos vacíos) retiró un pedazo de pan de la despensa, y unos higos secos y mustios. Puso el manjar en la mesa y después ordeno, a Filomena, que casi suplicaba con una mirada recibir una orden para cocinar algo:

__Retira el calderito, comeremos esto. Nuestra señora nunca tuvo mucha abundancia y no fue por eso que murió.__Decía, con la música de fondo del cuchillo, que como un serrucho, chirriaba al cortar el pan, duro y viejo.

Todos estaban desolados, mordían el pan despacio, llegaban a los higos casi con desespero. Cuando alguno de ellos se excedía acopiando higos, la madre, severa, los detenía con una palmada en la mano.

De nuevo, volvían todos a sus faenas. El padre aparaba la mula cuando oyó el alarido de angustia de su hijo Abel, este entretenido con el alambrito en la hoguera que emanaba una linda llamita azulada, había pisado descalzo, una pequeña brasa de carbón, entró rápido en casa y sintió alivio de constatar que no se trataba de nada grave, puso agua tibia, del calderito del malogrado almuerzo, en el calcañal desollado por la quemadura, le beso el piecito sucio  y pidió ayuda a la madre, que, rezaba con los ojos cerrados, junto a su hermana, un nuevo rosario. La madre fastidiada por la interrupción, diseñó con el dedo índice tres cruces en la planta del pie, mientras el padre acariciaba la cabecita despeinada de su hijo Abel. Su hijo Abel, dolor del corazón.

Había nacido un niño fuerte, como los otros, pero le faltaba una orejita en el lado derecho de la cabeza. Al principio, la madre, estremecida, exclamo: es un castigo de nuestra señora! Y para no denunciar su falla delante de dios, por que sin duda era un castigo por sus muchos pecados, se limitaba mucho a  enseñar el hijo a los visitantes. Lo acostaba del lado derecho muy envuelto, aunque el niño había nacido justo en  primavera: el 22 de marzo. Cuando poco a poco, la noticia del niño lisiadito se regaba, la madre, herida en su beata sensibilidad, comenzaba a demostrar su repulsa, amamantándolo cada vez con menos asiduidad. Filomena, todavía pequeña, respondía a los gritos del niño que sucio y con hambre, se debatía en la cama. Lo limpiaba, como una mujercita en miniatura, lo envolvía y le metía papa aplastada entre los dedos, en la boca. Cuando el padre llegaba de sus labores, apretaba al niño en su pecho y lo cubría con su viejo abrigo de lana. El padre amaba a su muchacho con una ternura que nunca había conocido, no recuerda ni siquiera en la guerra, ni en su larga vida de emigrante, haber protegido nada así, ni siquiera su propia vida. La madre, por su parte, no siente lo mismo. Estaba en cuestión una cosa muy importante, el hecho de que la gente deliberara la rectitud de su  devoción,  la posibilidad de que interpreten la falta de la oreja de su hijo como un castigo por los pecados cometidos. De la misma manera cruel con que ella y su hermana interpretaban una señal divina en cada cosa que el destino les deparaba a los vecinos. Y ella era pura, se casó virgen, rezaba el rosario tres veces al día y asistía a misa, devorando cada palabra del padre como si se tratara del agua de la fuente.

El padre permanece mucho tiempo con su pequeño apretado al pecho y la madre lo recrimina: eso no está bien, el niño puede crecer consentido….

El padre, aprovecha la oportunidad rara en que la madre habla de su hijo y coloca la posibilidad, con aquel tono de voz baja y humilde que siempre tuvo:

__Y si lo lleváramos al médico?

__Ah! Y con que dinero? Acaso somos ricos? Exclamaba la madre, y apretaba, con fuerza, el pañuelito donde envolvía, en el bolsillo del delantal, las monedas que recibía de los huevos que vendía:

__Nadie vende orejas, que yo sepa.

El padre, taciturno, comenzaba a acariciar el pequeño vestigio de oreja que tenía su hijo y decía:

__Debe haber sido de la posición en la barriga, porque ella (la oreja) se nota que venía por ahí.

Entonces la madre quedó radiante con la observación: visto así, podía bien defenderse de los otros, no fue un castigo, sino una mala posición en su barriga. Entonces comenzó a maniobrar el bautismo de su hijo: el padrino sería alguien de la familia, pues evitaría así reclamaciones inoportunas. Pensó en su hermano y la mujer, apretó su pañuelo en la cabeza y salió, de prisa, a tratar el escabroso asunto del bautismo, trataría de demorar todo el día  en eso, de manera que no tendría así que cocinar.

Con su característico andar rápido, pasó por casa de la hermana y la invitó a dar el recorrido. La casa de su hermano estaba cerca. No era tan humilde como la suya, pero tampoco habían sido bendecidos con hijos. “Por usureros”, acostumbraba ella a decir, pues su hermano era propietario de la única mercería de la aldea. Cuando entraron por la puerta trasera, su cuñada, en el patio, con su saya negra, medio levantada, las convidó a pasar, mientras ella se disponía como de costumbre a orinar, de pie, en su rincón preferido.

__Entren, ya yo voy.

Entraron, se acomodaron en los bancos de la cocina y comenzó, lentamente a tamborilear con su uña oscurecida la mesa:

__Tenemos que bautizar al niño ya, no crees? Para que esté en la gracia del señor.

El hermano escuchaba con cautela, quería saber el asunto antes de mostrar alguna emoción, no quería que descubrieran que había bebido un poco de más, pues:

__Un hombre comienza probando un poquito del vino de la pipa, ah, está bueno, otro poco…esto si es una pomada, y así…..

Las hermanas lo miraron, inquisidoras y el observó:

__Ah, sí, sí, el pequeñito…

__Y queremos convidarlos a que sean los padrinos.

La cuñada levantó las cejas y miró la reacción del marido:

__Claro hermana, como no…cuando será?

__Para la semana que viene. Si Dios quiere.

__Han de colaborar con los gastos, sabes, la cosa no esta buena para nadie. Y serán pocos convidados, sólo la familia.

__Bien sé. Bien sé. El señor nos proteja. El niño es lindo. Tiene aquel defectito, por la posición en el vientre, sabes, creo que mantuvo todo el tiempo la manito de ese lado y no se desarrollo bien la oreja, pero casi no se notará. Cuando tenga su pelito, nadie lo nota. Parece que será inteligente. No se arrepentirán de un ahijadito así…__casi negociaba, matrera, la madre.

Demoraron hablando, la futura comadre les dio a probar el vino, sacó pan fresco y aceitunas y ellas comieron alrededor de la mesa, por fin, decidieron:

__Entonces ya esta hablado, será la semana que viene.

Estaba tan contenta cuando llego a casa que no notó a todos, alrededor de la hoguera, con el calderito de hierro humeante, observando desolados a la madre, explicando, como un mercader que acaba de hacer un negocio muy ventajoso:

__Bueno…__anunció__Mi hermano será el padrino….Y hasta puede que ponga el pan y el vino….

Tenían hambre, el pequeño Abel dormía bajo el abrigo del padre y nadie se puso feliz con la noticia. La madre fingió no comprender  la apatía, pero pidió por fin a Filomena que pelara unas papas, y ella cortaría unas hojas de col. Sirvió todo en un plato y el agua verde resultante de la cocedura, fue servida como sopa:

__Siempre ayuda a calentarnos…__comentó la madre.

Zé miraba con reprobación el agua clorofílica y humeante frente a él, cuando pregunta, a la madre:

__Usted no come?

__La emoción del bautismo me quitó el hambre….

Y todos, al unísono, comenzaron a comer. Despertó el pequeño, orinó al padre y este, riendo comenzó a meterle pedacitos de papas aplastadas en la boca, mientras decía con ternura:

__Come, chiquitico, come.

La madre entonces manifestó su repulsa:

__Andas consintiendo demasiado al muchacho.

__Pues ando….__contestaba el padre confundido, con orgullo.

No era su primogénito: ni siquiera iría a ser el último, pero comenzaba a ser su hijo del alma. Fue bautizado, como los otros, la tía obsequió un trajecito tejido con  lana,  el tío puso un almuerzo donde mató  una enorme gallina. Aprovecharon todo, hasta la sangre de la gallina con la que hicieron un arroz, pardo y humeante. Invitaron al padre que se sentó junto a los padrinos y le fue servida la mejor parte. El padre bebió y comió con desafuero. Era un padre de pocas palabras enorme vientre hinchado y rostro grasiento y colorado. Sólo se comparaba con Zé, que tenia un apetito voraz, adolescente reprimido, aunque no aparentaba tener,  por las piernas cortas y delgadas,  mas de 10 años.

Abel crecía, a duras penas, con la ayuda de Filomena y su padre, cuando constataron que la madre, de nuevo, estaba embarazada. Ella quería disimular, como mismo había disimulado la malformación de Abel, porque ahora,  estaba gastada, huesuda, malhumorada, de cabellos blancos y se había extraído los últimos vestigios de dientes que le quedaban. Por eso, cuando Zé descubrió, se sintió avergonzado, pensó durante unos días y por fin decidió que emigraría. Con cada nuevo hermano la situación empeoraba, la madre se iba poniendo mas beata, mezquina y  abandonada con la cocina. Zé preguntaba a sus amigos frente a la capilla donde se sentaban a conversar en los días de menos frío, que habían comido en sus casas , una manera que tenia de alimentar la rabia contra la pereza y tacañería de su madre.

__Migas: decía Eduardo, mas pequeño que Zé: migas de pan acabado de hornear, con yemas de huevo y un poco de vino: Eduardo sujetaba el lóbulo de la oreja, una manera de corroborar sin palabras: muy bueno!

__También migas, también de pan caliente, pero con aceite y ajo picado: decía Antonio, cuando Zé lo miraba, inquiriendo lo que había comido. Huérfano de padre, con 5 hermanas más pequeñas que él y sin tierras propias.

Combinó todo en el portal de la capilla, con otros muchachos de su edad. Del lado de allá de la frontera había un país donde los mineros ganaban mucho dinero, extrayendo hulla, decían que se comían cosas deliciosas, que a ellos ni les pasaba por la cabeza, y que sólo era necesario tener mas de diecisiete años. Por lo que Zé, todavía con 14, decidió que llevaría los documentos de un vecino, ahora ciego, inválido de guerra. Cuando la madre supo, no se preocupó, al contrario, se puso feliz. Zé aprovecho que sería su última comida en casa, para hacer la crítica mas severa que hace años necesitaba hacer, junto a otras que no profirió:

__Por que cuando usted hornea el pan nuevo, en lugar de dárnoslos caliente, sale a cambiarlo por pan duro y viejo?

Todos sabían la respuesta y se quedaron mirando el rostro imperturbable de la madre, que detuvo la cucharada de aluminio que llevaría a la boca para contestar:

__El pan viejo rinde mas__y continuó comiendo delante de la lamparita de aceite, que con la llama debilitada,  todavía iluminaba algo.

Zé se levantó temprano, solo, sin más ropa que aquella que llevaba puesta. No quiso despedirse de nadie, para evitar que se levantaran todos con aquel frío terrible. Cuando salió del baño, su padre lo esperaba afuera, y le murmuró bajito, una estela de vapor salía de su secreto:

__Tu mamá que no se entere. Aquí tienes. Cuídate.

Se dieron un abrazo apretado y largo, y Zé salió, por primera vez, a los 14 años, de su casa. Constató que el padre le había dado algún dinero y una pequeña navaja que él siempre había deseado, con cachas de cuerno. Salió feliz, se junto con sus compañeros y allá fueron, a conquistar el mundo. El resto de las madres angustiadas abrazaban a lo hijos con tristeza.

Como cada día, la madre despertó a los hijos. Temblando de frío, se fueron incorporando cuando Abel pequeño, preguntó:

__Y Zé?

Ante el silencio penoso del padre, la madre, contestó:

__Fue a su vida.

__Dónde queda su vida?

__Come y calla.

No se hablaría más de Zé.  Regresó, 4 meses después, taciturno y triste, oscuro y sucio como un perro vagabundo.  En las minas había cobrado su primer salario y huido, después de testimoniar la muerte de sus dos amigos por asfixia con gases tóxicos.

__Fue el gas.__Explicaba a los padres de los muchachos casi con desespero, nadie entendía que gas podía haberlos matado sin permitirles defenderse.

Identificados con documentos falsos, nunca se supo mas nada sobre ellos. La familia prefería no mencionar el asunto para no dar parte a las autoridades.

Cuando Zé entro en su casa, sintió el chillido del recién nacido, al entrar en el cuarto, vio sobre la cama los cuerpecitos enrojecidos y contorsionados de dos hermanos gemelos. Abel, sentado, los miraba curioso, y la madre no estaba allí. Estaba en la Iglesia cuando le llegó la noticia del regreso de Zé, de la muerte de los otros, y regresó con prisa a su casa. Abrazó al hijo, y le dijo, convencida:

__Solo tú te salvaste por mis rezos, puedes creer___ Se quito el pañuelo de la cabeza y asomó la cabeza en el cuarto para saber de los bebés. Allí estaba todavía Abel, sentado, cuando la madre le dijo:

__Una hembrita y un varón. Irán con nuestra señora, pues no tengo leche para amamantarlos y el varón esta tan débil, pero con Nuestra Señora estarán bien cuidados….Angelitos….

__Tampoco Abel esta bien. Tiene parálisis infantil, esta sentado en la cama pues no se sostiene en pie. Nuestra Señora los acogerá en su seno. Tendremos tres angelitos cuidando de nosotros.

Zé escuchaba, la resignación de su madre casi rayaba en la crueldad, miró para Abel, sentado al lado de los gemelos, ya grandecito, con el pelo largo, sucio y polvoriento, como un animalito salvaje. Cuando volvió a ver a Zé no demostró reconocerlo y miraba para el techo. Los vecinos comenzaban a aglomerarse en la cocina, para saber mas detalles del regreso de Zé.

La madrina de Abel entró. Miró para dentro del cuarto y vio la imagen deprimente de los tres niños cuando habló a su comadre:

__Sobre nuestro Abel…es una lástima, está tan grandecito.  Es una pena si lo perdiéramos ahora….

La madre estaba convencida que Nuestra Señora los acogería en su pecho, y eso le dijo a su comadre. Esta abandonó el grupo, fue a su casa, puso en su hoguera un calderito con aceite, frió dos dientes de ajo, frió también  unas migas de pan y disolvió todo en agua caliente. En el cuarto, Abel silencioso, no respondía ya a los que lo visitaban, cuando entró la madrina. Se sentó al borde de la cama, y le metió en la boquita mustia de su ahijado una cucharada de pan suave, y le explicó a la madre:

__Ya ve comadre, no cuesta nada. Tenemos el aceite en nuestras bodegas, plantamos el ajo, amasamos el pan, es solo calentar el agua y agregar.

La madre escuchaba la crítica callada, cuando Zé aprovechó y habló:

__Y los otros no tienen que ser angelitos de nadie si usted los cuidara, nuestra Señora ya tiene angelitos bastantes__Se metió la mano en el bolso, sacó su escuálido salario de 4 meses en las minas y se lo dio a la madre, que lo cogió, ávida. Cuando hicieron cuentas, era suficiente para comprar una chiva que diera leche a los gemelos.

Sería comprada en la próxima feria, dentro de dos días, viajaría el padre a la Villa, vendería los huevos y compraría la chiva lechera. La madre, en un gesto estudiado y  rápido, hizo desaparecer el dinero en el pañuelito que tenía amarrado dentro de la manga de su abrigo oscuro. El pañuelito estaba pringoso y sucio, manoseado.

Mientras Zé describía el camino que había recorrido, los transportes usados, contaba los hábitos alimentares  del país vecino, con carne o huevos o peces, apareció, andando en sus propios pies, Abel, con su pelo desgreñado, en la cocina. Fue cuando reconoció a su hermano y se abalanzó a él con felicidad. Milagrosamente la parálisis había dado una tregua y todos se arrodillaron a dar gracias por el fenómeno que presenciaban. La madrina también se arrodilló, y después de algunos rezos y letanías, pasó la mano por el pelito revuelto de Abel, le dio un beso, se lo entregó al padre y le murmuró, bajito para no ser ofensiva:

__Fue un milagro de Nuestra Señora y de las migas de ajo.

Cuando los gemelos despertaron atormentados por el hambre, Filomena pregunto a la madre que debía hacer. Calentó agua y con disciplina, se sentó a esperar una orden de la madre, mientras los bebes desgañitados, iban ahuyentando a los curiosos.

__Agua dulce__dijo la madre y se subió a alcanzar personalmente el paquetico de azúcar. Fue austera para sacar la temblorosa cucharada que disolvió en una latita vacía de agua tibia. Una cuchara ella, otra Filomena, daban el agua dulce a los recién nacidos, que bebían ansiosos. El líquido se agotaba, cuando la madre comentó:

__En dos días tendrán leche en serio. Hasta allá, pueden ir bebiendo de esto.

Abel había vuelto a la cama, cansado por el esfuerzo: el padre estaba feliz, sus hijos habían regresado. Filomena con la imaginación enardecida por la descripción de aquellas magnificas comidas descritas por Zé, aprovecho la ocasión para proponer:

__Que usted cree si comemos hoy algo mejor?

La madre la taladró con una mirada reprobatoria, pero esperó inquieta la sugerencia:

__Que usted cree si comemos una tortilla de huevos?

Todos pusieron los ojos expectantes en la cara inexpresiva de la madre:

__Sólo por hoy, no olviden. Sólo por hoy__aceptó ella.

Filomena saltó rauda de su asiento y derramo en la sartén que casi nunca había sido usada, un chorrito de aceite, que chisporreteaba  en todas direcciones, corto pedacitos de cebolla y cuando fue a batir los huevos, vio que sólo le habían dado dos. Batió con energía, pues no era prudente protestar, agregó un poquito de agua para ver si la mezcla crecía y hizo su tortilla. La madre, mostró, con complicidad, entre los pliegues de su chal, el paquete de papel, muy viejo, con un poco de arroz. Filomena no sabía bien como se hacía, pero se aventuró, agregándole agua y sal. El manjar sería comido cuando Zé regresara, siendo la leyenda local, había salido a contar su historia y enfrentar la incredulidad de los más viejos, que le hacían preguntas frente a la capilla.

En la mesa el padre hacía planes para el día de feria: Llevaría consigo a Abel y a Zé. La madre protestó:

__Es un gasto innecesario. Abel se queda.

El padre, ecuánime, pero convicto, clavó los ojos en los de su mujer y repitió:

__Abel va.

Y Abel fue. Nunca había salido de su casa aunque casi tenía tres años. Desde la cama de la camioneta, donde el papá y Zé lo intentaban proteger del frío, asomaba la cabecita para ver la magia de los árboles que caminaban hacia él. Cuando llegaron a la Villa, el padre golpeó el techo del camión para que se detuviera antes de llegar a la feria. Se bajaron, mientras Zé preguntaba que estaba pasando. El padre entró con su pequeño en el hospital, apretado a su pecho. Hizo la cola, pagó la consulta y le explico al médico, un hombre delgado, pequeño, con sus espejuelos de concha de tortuga. Le explicó como mejor pudo:

__Ya no juega. Casi no se levanta. Dicen que es parálisis infantil.

El médico observo las articulaciones débiles del niño. Su crecimiento atrasado y dictaminó.

__Alégrese que no es parálisis infantil.

Automáticamente el padre se alegró:

__Entonces, que es?

__Ya le receto algo, dijo, con su ortografía complicada y sus trazos rápidos.

Cuando acabaron, movió los cabellos del niño con afecto y le dijo:

__Haz de curarte.

El gesto afable  desnudó su orejita, llamando la atención del médico:

__Le voy a dar la dirección de un cirujano amigo mío, para cuando quiera tratar la oreja del niño.

El padre estaba conmovido hasta las lágrimas, fue andando con Zé hasta una farmacia. Entregó la receta. La señora de la farmacia, blanca y con dedos cubiertos de anillos, leyó sin dificultad la receta y trajo un frasco de vitaminas. Explicó, sin mirar al hombre:

__Para beber una cucharada antes de las tres comidas.

El padre asintió con la cabeza: “las tres comidas”, se repitió a si mismo, para no olvidar.

Anduvo ligero hasta la feria. Compró una chiva robusta, la más tetona de todas. Almorzó garbanzos con jamón en una taberna local y bebió. Bebió mucho y reía. No estaban acostumbrados a ver tan feliz al padre, como hoy. Salió bambaleándose de la taberna, con la chiva amarrada con una soga. El camión los trajo a la aldea de regreso, y el padre durmió durante todo el viaje. Cuando llegaron felices, a casa, la madre no estaba. Había salido con la hermana a su casa y allí en la cama, los gemelos lloraban. El padre, puso en la cama dura, de paja, a Abel que dormía y tomó en sus brazos a la hembrita que era más grande y fuerte, aunque tenían la piel arrugada y rojiza. Zé, entonces, cargó al muchachito. El padre les decía, bajito:

__Ya tienen leche. Ya tienen leche.__en un intento de consolar el frenesí de los niños. En ese momento entraba la madre, resoplando de frío y cansancio:

__Esta es la chiva?  Cuanto costó?

El padre mintió. Le costaba mentir, por eso fijó la mirada en su hijo Zé, como para adquirir una ayuda suplementar, pues incluiría en el precio de la chiva, el costo del hospital y la vitamina.

La madre encontró el precio excesivo y se persignó:

__Que dios nos proteja. Nunca vi chiva tan cara.

Luego Zé la ayudó a ordeñarla: en un calderito tiznado debajo de la chiva que se debatía valientemente, caían finos chorritos blancos y espumosos, y junto, partículas oscuras, mientras la madre se relamía golosa: bebió ella el primer sorbo, amplio, y comentó, con los ojitos alegres y complacidos:

__Es buena.

Estaba inclinada a beber el segundo trago, cuando fue detenida por las protestas de Zé, y la amonestación del padre:

__Mira a tus hijos como lloran!

Ella se detuvo: ya tendría tiempo de beber la leche de la chivita. Entonces se dirigió a lo alto de armario y entre el polvo ceniciento de la hoguera y las telas de araña, encontró una mamadera  que hacía años había encontrado en el suelo de la feria, en la Villa. Casi podía adivinar que aquella muchachita rubia, con mejillas rozadas, que lloraba frenéticamente frente a dos bueyes en venta, era la dueña de la mamadera, pero ninguno de sus instintos le indicaba que debía devolverla: aquella niña podía tener las chupetas que quisiera, estaba limpia, peinada y rellenita,  su mama compraría otra, se dijo, guardando el tete de goma. Ahora, mucho tiempo después estaba duro y ennegrecido, pero serviría. Dentro de un pomo vacío de medicamentos, vertió la leche, acomodó el biberón y agarró el primer bebe que vio delante de sí: Era la niña y estaba ansiosa. Bebió con tanta avidez, que comenzó a sudar. Cuando quedaban dos dedos de leche, se lo saco de la boca y lo ofreció al niño: estaba tan débil que no habría la boquita. La madre había desistido de su esfuerzo, cuando el padre tuvo una idea: con el gotero que venia dentro del medicamento de Abel, comenzó a gotear leche en la boca del niño. La boquita quedaba húmeda y blanca, pero no tragaba. El padre levanto a su hijo hacia el techo, juzgando que era la languidez de la muerte, cuando el bebé, después de un hondo suspiro, desató a llorar fuertemente, y en ese momento, colocaron el resto del biberón en su boca. Bebió todo lo que le ofrecieron y durmieron la noche toda, por primera vez desde el día que nacieron.

Se sentaron a oír pormenores de la feria, contados por el padre que casi nunca hablaba, pero hoy estaba contento. Tenía la voz serena y baja, había que esforzarse para oírlo. Mientras hablaba, Filomena iba pelando las papas, y la madre miraba, complacida, una medallita que había pedido por correo a la congregación “Seguidoras de María” a la cual se le atribuía milagros. La madre interrumpió la conversación del padre para acrecentar:

__Esta medalla dará indulgencias. Todos ustedes debían ser como yo, sierva de Nuestra Señora. Debían rezar el rosario, porque dicen los que mas saben: Al dos mil no llegarás del dos mil no pasarás…..

__Quien no la debe no la teme__dijo calmamente el padre, cuando notaron a Zé y a Filomena, envueltos en cálculos con los dedos, para saber que edad tendrían en el año 2000:

__Todavía falta mucho tiempo__comentó Zé.

__Imagine si yo fuera a la iglesia como usted, quien atendía esto?__Filomena conservaba una sombra de esperanza de que la madre diera una tregua y dijera:            __Yo!

Pero la madre solo dijo:

__Yo te llevo en mis oraciones.

Filomena suspiro y continuó lavando las papas, fingiendo no oír las críticas de la madre ahora:

__Gastas mucha agua Filomena. Lo que no mata engorda.

Afuera llovía y una gotera caía en la despensa: la madre se precipitó a salvar el azúcar, llevando su misión a buen término con un puñado dentro de su boca desdentada, hizo cálculos:

__Con la ayuda de Nuestra Señora, Zé volverá a salir de casa en cualquier momento, es el que mas come. Filomena sabe hacer de todo y los otros muchachitos están creciendo rápido. No habrá necesidad de gastar tanto en comida…..rezongaba bajito, escondiendo el paquete de azúcar en el bolso del delantal….

Como es habitual, Concepción no entra en la cuenta de la madre. Pero muere la abuela con fiebres desconocidas y ella regresa a casa, apática, pulcra y  de aspecto delicado:

__Tu no naciste para el trabajo__se queja la madre__Filomena con tu edad era mas desembarazada que cualquier mujer.

Concepción tuvo la suerte de conmover a los abuelos, cuando unos días después de nacer, de tanto gritar, el ombligo le comenzó a crecer sin mesura. A falta de una moneda, le pusieron una arandela, fija en el ombligo con una cinta de lienzo. Es una niña que habla poco, y se avergüenza con facilidad. No sabe si no haber nacido para el trabajo es una crítica o un elogio.

Filomena esta mañana se despierta un poco mas animada. No sabe ninguna canción, pero improvisa una musiquita timorata, mientras prepara las latas con brasas encendidas que los hermanos llevaran a la escuela, cerca de sus asientos,  para soportar el frío. Nunca sabía si la madre había salido o no, ni cuando vendría. Hoy había ido a ver las ruinas de un incendio que deflagró primero en una chimenea vecina después la casa toda, durante la noche anterior. Puede ser que con un poco de suerte Filomena vaya a la ciudad a trabajar en la casa de gente rica, que su prima había conocido. Estaba extenuada de criar a los gemelos: la niña, Paula, creció fuerte y saludable, pero Víctor, ah, Víctor fue un problema. A los cuatro años todavía no caminaba: arrastrándose por las tablas rústicas del piso, se apoyaba alternativamente en las manos y en las nalgas, a veces gritaba y pedía ayuda para que le sacaran astillas de madera metidas en la piel, pero  sabe hablar con mucha fluidez:

__Este ira para padre__vaticina la madre con orgullo__Hasta tiene dos remolinos en el pelo….

La verdad es que Víctor habla mejor que Abel, que aunque es mayor, no se ha acostumbrado a vivir con un solo oído. Parece desorientado, no capta la mayoría de las cosas que la profesora dice, y para colmo, su familia no pertenece al reducido grupo de los escogidos de la profesora: las tierras que poseen no son riqueza ninguna. Cuando le ordenan ir a la pizarra, Abel es interrogado por  ella, que es solterona y amargada, luego es avergonzado en público: le pegan un papelito con saliva en la nariz, que lo señala como burro, confinándolo a un rincón del aula, ya marcado para que los demás se diviertan con de él.  En el mejor de los casos es abofeteado con perfidia. La tortura surte mas efecto en Concepción, que abatida, llora en su asiento. Abel detesta la escuela: prefiere ir con el padre al campo, donde ya trabaja como un adulto.

A la hora del almuerzo, extrañamente,  la madre esta en casa: sacude un sobre en la mano que le dieron en la Junta, para anunciar que hay noticias: Zé es llamado al servicio militar. El padre agarra el sobre y mira al hijo, apesadumbrado: el servicio militar es la guerra: la guerra en las Colonias, en ultramar, en África. Pero Zé, que tiene un corazón aventurero, se pone feliz con la noticia. Consuela al padre:

__Entonces padre: usted no fue a la guerra también?

El padre solo dice que no con la cabeza, pero no sabe explicar sus razones…

La madre se pone su pañuelo negro y sale para casa de los hermanos a dar la noticia que no debe quedar para luego….

Y Filomena, mete en el calderito una zanahoria cortada a los pedacitos, una cebolla, tres papas y tomate, y comienza a hervir una sopa acuosa y casi sin color. Ahora que sabe que ha de salir de casa, pierde un poco el temor de contrariar a la madre, echando un puñadito de arroz al caldo para que quedara mas espeso.

La madre regresa radiante para almorzar. Finge que no nota el arroz en la sopa y solo habla del futuro que los espera:

__Filomena va de doméstica, y Zé para la tropa….tu, Víctor, serás padre…..dice mientras sorbe ruidosamente su sopa.

Una mañana, sin anuncio previo, la madre saco del baúl la cartera de piel, opaca, y viró por la tarde, con una noticia muy buena:

__Vengo de la Villa, conseguí una casa para que los muchachos vayan a estudiar. No tiene baño, pero ellos no necesitan: esta cerca del cementerio, rodeado de arbustos donde harán sus necesidades….También esta cerca de la Iglesia…

Los hijos, todavía pequeños, piensan en como será la vida lejos de casa, desde que Filomena salió de allí, raramente la madre cocina, casi no se le ve, camina compulsivamente, visita a todos, inspecciona sus tierras divididas y repartidas por diversos lugares a verificar el trabajo del marido, hace cálculos, estima cuanto vino puede haber este año, cuanto aceite, entra en casa de sus vecinos, por enésima vez, ya sin pedir permiso, conversa, sigue a la iglesia, se detiene en casa de los hermanos, y ya tarde, aparece para dormir,  se levanta muy temprano, en un torbellino de pasos, madera cortada y oraciones en voz alta destinadas a inquietar a los animales y despertar a todos. Pero hoy no irá a la iglesia tan temprano: prepara a los hijos para ir a estudiar. Anunciado de esta manera, hasta parece un mérito, suena un lujo de gente rica que envía a los hijos a academias lejanas. Entonces, preparó, por orden:

Un calderito de hierro que había mandado a remendar a unos gitanos que atravesaron la aldea. Estaba muy usado y sucio, ahora tenía dos remaches que, como dos ojitos  oscuros, miraban desde el fondo, un plato y cuatro cucharas, medio saco de papas nuevas, un galón de aceite, sal, castaña, aceitunas e higos secos. Un poco de leña y dos colchas pesadas y ásperas.

Allá fueron los muchachos felices y conversadores, en una camioneta, la madre con un rosario apretado entre los dedos trémulos, siempre mareada cuando sale en automóvil, el padre callado y meditabundo.

La casa era baja, pequeña, húmeda y fría. El padre escrutaba todo y en su conversación apurada, el dueño de la casa, el señor Geraldes y su mujer, una señora pequeñita y triste,  casi se disculpaban por haberles alquilado una  casa tan inadecuada a muchachos tan pequeños y desamparados:

__Yo hasta pensaba que eran mayores…..

El padre, apesadumbrado, apartó a Abel y le dijo:

__Orienta bien este dinero para que no les falte en caso que ocurra algo…

Abel dijo que sí, y apretó las cejas para parecer el hombre que iría ahora a desempeñar. Estaban radiantes los más pequeños, Abel y Concepción encendían la lumbre para cocinar. Después preguntaron al señor Geraldes donde quedaba la escuela donde se inscribirían, y fue esa noche, antes de dormir, sumidos en el frío y la oscuridad del cuarto, ese mismo día en que salieron de casa, cuando todos tuvieron la vaga sensación de que habían salido de su aldea, adonde nunca más regresarían.

El padre esta sentado en casa, cabizbajo y dice casi sin abrir la boca:

__Filomena para San Juan, Zé en la guerra de Angola, y ahora esto…..Creo que fue demasiado temprano….

Y la madre contestó con los ojos cerrados, la expresión más devota que consiguió y la frase más irrebatible   que le vino a la boca:

__Dios te salve María llena eres de gracia el señor es contigo…..

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